17 de junio de 2013

Un papá diferente

Que su hija sea libre, que disfrute de la vida, que cuando cumpliera quince años le compraría una moto para recorrer la chacra donde viviríamos. Ese era mi papá, diferente, de ideas medio  raras. Libertad, autonomía y disfrute fue su deseo para mí a los pocos meses de nacida. Cualquier otro padre de entonces quería para el futuro de su hija la “decencia”, la sumisión disfrazada de recato y que lograra casarse con un hombre de bien.

Por ese entonces mi madre le pidió unos aretes de oro para mí -toda beba que se respetaba debía llevar unos- y los compró. Lo que mi madre no imaginó fue su férrea oposición a que me perforaran las orejas para lucir esos minúsculos adornos. La defensa por la integridad de mi cuerpo fue firme: “Compré los aretes ante tu insistencia, si tanto te gustan pónselos en los zapatitos o en las chompitas, pero no dejaré que tan pequeña sufra por unos adornos”. Los aretes se quedaron en su caja por siempre.

En otra ocasión fuimos los tres a comprar ropa para mí, tendría unos cuatro años. Miramos vestidos y mientras mi mamá comparaba modelos con la vendedora de la tienda mi padre se me acercó y preguntó: te gusta ese vestido? Mi respuesta fue un sí, imagino desganado -no me gustaban los vestidos-. Y que color prefieres? Amarillo! respondí -me gustaba mucho el color amarillo-. “Señorita por favor, llevo el vestido amarillo”. Mamá desconcertada le dijo “no ese color no, estoy viendo otros”. “A ella le gusta el amarillo, es quien lo va a usar déjala que elija el color que prefiera” respondió mi papá.

El era así, firme en sus decisiones, con un claro sentido de la libertad y de la capacidad de decisión que deben tener las personas incluso desde niñas y niños.

Claro está que estas tres historias no habrían terminado bien sin la complicidad de mi madre. Ella me contó varias veces los detalles de los sucesos con complacencia y hasta cierto orgullo, siempre los finales me los narraba con la frase “así de fregado es tu papá, al  principio me hizo renegar pero luego estuve de acuerdo con lo que dijo”

Papá llegaba a casa los fines de semana, trabajaba en Lima y nosotros teníamos nuestra casa en Huacho. Se la pasaba contándole a mi madre de su trabajo, sus reuniones, los conflictos que le tocaba afrontar y de sus logros también. Yo lo miraba extasiada, sus gestos, el tono de su voz y sus palabras dejaban en claro los principios que defendía, lo no negociable bajo ninguna circunstancia y su gran amor por su profesión de ingeniero agrónomo. La política de Estado desinteresada en los cultivos que se perdían, las tierras que se debilitaban, las condiciones de l@s campesin@s y de recurrir a la sabiduría ancestral de éstos para buscar soluciones a la problemática agraria, era una de sus grandes preocupaciones.

Mi familia siempre hablaba y discutía de política, mi papá incentivaba la discusión sobre la realidad social y política del país. De las largas conversaciones que sostenían mi madre y él aprendí siendo niña sobre la Asamblea Constituyente, de la vuelta a la democracia, de los partidos políticos -Apra, PPC y Acción Popular-  de la Izquierda y su propuesta revolucionaria.

Así fue mi niñez y adolescencia, marcada con las ideas medio locas de mi papá. Cuando fui a la universidad en tiempos de pragmatismo y neoliberalismo, cuestionar el status quo, criticar el modelo neoliberal, indignarse y rebelarse contra la injusticia y el abuso, eran cosas de gente “rara” y desubicada. A quien se le ocurría estar en desacuerdo con el modelo económico del gobierno de Fujimori. Como se podía estar en contra de los métodos utilizados por el Estado para terminar con la violencia política del país? Para ese entonces, mi padre ya no estaba conmigo. Al menos se libró de ver a su compañero de la universidad, Fujimori, ese muchacho chanconcito y muy tranquilo que conoció alguna vez, acorralado luego por la corrupción y los crímenes contra los derechos humanos cometidos durante su gobierno.

Luego vinieron muchos cambios en el mundo, en el Perú y en mi vida. Cuando me encontré con el feminismo y asumí mi identidad de lesbiana política me quedó claro todo aquello que tú papá hacías y decías cuando yo era una niña. Entendí la defensa apasionada de tus ideas, tu compromiso con la problemática agraria, tu persistencia en el trabajo conjunto con los campesinos más pobres de Canta para mejorar la calidad y producción de sus cultivos de papa, pese a las amenazas de muerte y  ataque que recibiste de unos agricultores mafiosos. Y lo que más me gustaba de tí, la energía que proyectabas, como lo hace toda aquella persona que hace las cosas por convicción y por amor.

Papá, Don Edgardo Coronado tengo el privilegio de ser un poco como usted, hasta ahora conservo algunos de tus gestos, mantengo cierta dosis de tu sarcasmo y de tus seguridades. No me compraste la moto ni recorrí tus chacras como alguna vez lo soñaste, pero me hiciste libre, autónoma y defensora terca de mis ideas y mis luchas.


Lima, 16 de junio de 2013 (tercer domingo de junio, día del padre)

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